Comunicarse para hablar (Lic. Luciana C. Fernández - Cs. de la Educación)
¿Cuántas veces le damos a nuestro hijo aquello que creemos que quiere o necesita, anticipándonos al pedido? ¿Cuántas veces nos adelantamos a responder por él frente a alguna pregunta que le formulen? Sin darnos cuenta, le estamos quitando la posibilidad de manejar y apropiarse de una herramienta fundamental para su desarrollo y vinculación con los otros y la cultura: el lenguaje. Coincido con J. Bruner (psicólogo -1915- que aportó a la educación) en que el lenguaje se aprende usándolo, y si bien puede parecernos que un niño al nacer aún no está “biológicamente” preparado para hablar, esta interpretación y negociación con la cultura y sus formas comienza justo cuando el pequeño entra en la escena humana. Cuando una mamá (la seño, un hermano, un abuelo…) se comunica con su bebé, está creando una realidad compartida, un microcosmos a partir del cual el pequeño empieza a aprender la manera de decir, de nombrar, de pedir, de significar, de realizar sus intenciones comunicativamente. Viéndolo así, es claro que este aprendizaje requiere algo más que un modelo que presente o muestre cómo es y cómo se usa el lenguaje… Requiere de la comunicación; y esto implica un intercambio que promueva y ayude a hacer claros los propósitos y su expresión en relación a la “comunidad hablante”. ¿Quién mejor que un adulto “compañero” para mostrar y permitir ensayar al pequeño? Entonces, el desarrollo del lenguaje no depende simplemente de un alud de lenguaje hablado, sino que implica la intervención de dos personas que interactúen comunicándose. Y este aprendizaje, como todo aprendizaje, se da en un proceso gradual. Al principio será pura atención por parte del niño/bebé, quien se irá convirtiendo en partícipe cada vez “charlatán”, en la medida que encuentre el lugar para animarse, para intentar, para hablar. Algunas ideas para tener en cuenta:
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